Todos moramos en un mundo hostil al reino celestial. Constantemente tenemos que batallar contra un enemigo que todo lo que desea es destruirnos. Bajo semejante presión se pueden formar grietas en los cimientos de nuestra fe; algunas creencias que estimábamos inexpugnables parecen menos sólidas. Nos volvemos más vulnerables en la lucha contra el infierno y hasta podríamos colapsar ante la incertidumbre y el miedo.